Una historia “real”


Una mañana entró en el concesionario de coches una persona importante. Muy importante.

No hacía mucho tiempo habría sufrido una experiencia traumática en un avión, con lo que había decidido comprar un coche de ciertas características para poder realizar en él la mayor parte de sus viajes.

Por un lado debía de ofrecer lo último en seguridad, pero por otro lado, sabedor de que algunas cosas no pueden automatizarse (por mucho que uno quiera) cada uno de los elementos de seguridad debían de poder ser monitorizados y mostrar claros indicadores de cómo iba funcionamiento y conducción.

Tras comprobar dos o tres modelos diferentes se decantó finalmente por uno que se ajustaba perfectamente a sus necesidades. Inmediatamente, llamó a su chófer y le indicó que se acercara por el concesionario, donde el vendedor (ahora mucho más feliz que hacía unas horas) le mostraría el funcionamiento y características de su nuevo vehículo. A continuación, con un firme apretón de manos se fue del concesionario.

Poco después llegó el chófer, francamente interesado por la nueva adquisición. Conocedor de las necesidades de su patrón y dispuesto a aprenderse al dedillo el funcionamiento del coche desde el primer momento, prestó gran atención a las indicaciones del vendedor:

El indicador de velocidad, en tres colores que mostraban la variación de la velocidad con respecto a la programada.

El indicador de consumo de combustible, en tres colores y con una bonita gráfica de progresión. Mostrando en varias fases el porcentaje de combustible consumido y pendiente de consumir,así como una preciosa gráfica que le permitía revisar cuál era el punto óptimo de equilibrio entre velocidad y consumo.

El indicador de asistencia en el agarre. Ya que no toda la conducción está condicionada por factores del conductor y del vehículo y es necesario estar muy atento a factores externos, como todo el mundo sabe.

Incluso dos pequeños sensores de posición, radar anti-colisión y un asistente de mantenimiento de la dirección que avisaba de posibles desviaciones respecto a la línea continua que marcaba la frontera entre carril y arcén.

Terminada la explicación, el vendedor descansó un segundo, tomó aire y le invitó al chófer a realizar tantas preguntas como considerara necesarias para aclarar la operativa y el uso de todas las herramientas de seguridad.

– Estoy maravillado. – Dijo el chófer con un brillo especial en los ojos. – Sólo una pregunta. ¿Cómo desactivo todo esto?

El vendedor no atinaba a encajar la mandíbula en su sitio.

– Verá – dijo el chófer, plenamente consciente de la cara de su interlocutor. – Mi jefe es un hombre muy preocupado por la seguridad, así que, mientras conduzco estará mirando todos y cada uno de los indicadores. En un viaje cualquiera, es imposible que alguno de los indicadores no se ponga en amarillo o incluso en rojo en algún momento. Cuando eso ocurra, mi trabajo se va a convertir en un infierno teniéndole que explicar a mi jefe el por qué de cada cambio en los indicadores. No le digo ya, si se pone a ver las gráficas de consumo en relación a la velocidad. Así que, si no le importa, preferiría disponer de un botoncito que deje los indicadores en niveles óptimos. Le aseguro que mi conducción será mucho más llevadera y el viaje de mi jefe, más confortable.

– ¿Y si sufre algún percance en el camino? ¿Y si se termina el combustible, o la velocidad media no se ajusta a la de la carretera? – Preguntó el vendedor con lágrimas en los ojos.

– Bueno, en ese caso, ya veremos. ¿No?

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